Los parques acuáticos son una opción idónea para tener entretenidos (y sin que den guerra) a los más pequeños en verano. Por eso el Hotel Los Patos, en Benalmádena, decidió construir uno propio; desde entonces su ocupación roza el cien por cien

Son ya varias las opciones de alojamiento que han pasado por esta sección, desde la villa donde Michelle Obama durmió a pierna suelta en Benahavís hasta bungalows sin líneas rectas o un hotel para ‘millennials’, que es como ahora llaman a los niños ricos que piden botellas de Moët & Chandon en una sobremesa cualquiera. Los pijos de siempre, pensarán ustedes, y llevan razón. Son ya varias las propuestas recogidas, decíamos, y la pregunta de algunos lectores es siempre la misma: «¿Y qué hacemos con los niños?». Que el turismo paisajístico, los baños de barro y el romanticismo del spa están muy bien, pero a ver cómo casa eso con un viaje familiar tipo, de los que no se libra nadie al menos una vez en la vida por muy desestructurada que esté la familia en cuestión, con sus cuatro maletas como cuatro dólmenes, la edad del pavo, la suegra y si me apuran hasta la crisis de pareja de turno.

Que los niños se entretienen con cualquier cosa es pura leyenda. Su nivel de exigencia es demoledor, de ahí lo de pequeños dictadores. Otra cosa es que desde la lógica adulta acertemos o no, como en la escena de ‘Los amigos de Peter’ en la que el personaje de Hugh Laurie le ruega a su hijo: «Ben, por favor, juega con el tractor que le costó 40 libras a papá y no con la caja en la que viene». Por suerte hay gustos más o menos extendidos, aunque no universales, que son niños y no muñecos de fábrica, por mucho que algunos busquen las instrucciones. El agua es un medio en el que suelen sentirse cómodos, salvo que conserven en la memoria reciente una mala zambullida o el clásico atragantamiento, aunque en este caso el trauma deriva más de los leñazos paternos en la espalda que del agua ingerida.

Los parques acuáticos no fallan. Eso debió de pensar Jaime Martínez, propietario del Hotel Los Patos, en Benalmádena, cuando en 2012 apostó todo a una carta para tratar de frenar el agujero que la crisis económica iba ensanchando en las cuentas de su empresa. Destinó dos millones y medio de euros, buena parte de ello con fondos propios y tras la venta de un local, para construir un pequeño Aquapark en este histórico establecimiento, levantado en 1972. Tocaba modernizar las instalaciones y especializarse en un público concreto, y el infantil es exigente pero agradecido. En cerca de 5.500 metros cuadrados mandó construir un galeón pirata con varios toboganes rectos dobles, deslizadores de tubo con giro, un lago infantil, cuatro piscinas, una serpiente marina, una ducha seta y otras atracciones bajo nombres de película de animación. La jugada no pudo salir mejor, y desde el verano de 2013, cuando fue inaugurado el parque, rozan el cien por cien de ocupación durante los siete meses que permanece abierto.

No son pocos los niños que obligan a los padres a regresar al hotel al año siguiente, como en el caso de la familia Canto Martín. «Vinimos el verano pasado por primera vez, volvimos en Semana Santa y ahora repetimos diez días en agosto», cuenta Cristina, madre de dos mellizos de nueve años. Otro de los grandes atractivos del local es un club infantil en el que los padres dejan a sus hijos a cargo de varios monitores mientras se dan un baño o toman algo en el bar. Es el descanso del guerrero. En la hoja de inscripción, que puede rellenarse al momento, deben incluir el número de teléfono, «por si el niño se aburre o quiere irse», algo que no ocurre a menudo: «Ellos se divierten y hacen amigos y nosotros tenemos la seguridad de que están vigilados». El equilibrio era posible.

Si las atracciones no han servido para que los niños lleguen exhaustos al final del día, no teman. Hay una posibilidad vespertina en la ‘minidisco’, donde se programan espectáculos musicales y de magia. El riesgo es que usted, padre que espera la llegada de la noche para disfrutar de un rato de tranquilidad, acabe la jornada igual de agotado, cuando no más, que su hijo. «Aquí mandan los pequeños. Intentamos anteponernos a sus necesidades y también a sus temeridades», asegura el propietario, consciente de todo lo que entraña especializarse como hotel familiar: «Una vez vimos a un niño de tres o cuatro años, en su habitación, subir a lo alto de una silla, y desde ahí asomarse al balcón. No imaginas el miedo que pasamos». Quizá por eso las barandillas y el resto de elementos arquitectónicos del establecimiento exceden el número de centímetros marcados por ley: «Para estas cosas es mejor pasarse que quedarse cortos y que nos den un susto».

La construcción de nuevos ascensores y la ampliación de la zona de hamacas son las últimas reformas realizadas en este hotel benalmadense, que cierra desde octubre a marzo «para modernizar las instalaciones». Jaime Martínez tiene claro el siguiente paso: «Queremos construir una zona de ‘chill out’ en un terreno colindante». Será un nuevo gancho para los padres, aunque aquí, ya lo hemos dicho, quienes mandan apenas sacan unos palmos del suelo. «Vamos a comer ya, Miguel». «Me tiro una vez más del tobogán rojo y voy, mamá». Luego vendrá la misma canción, esta vez con el estribillo del corte de digestión como excusa para una reparadora siesta.

Fuente: Diario Sur